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domingo, 12 de mayo de 2013

DOMINGO. Solemnidad de la ASCENSIÓN DEL SEÑOR


      No es fácil cambiar el corazón. No es fácil cambiar una religión heredada por costumbre. No es fácil abrirse a la Palabra de Dios. «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?» preguntan los discípulos a Jesús en el momento anterior a su partida (1ª lectura: Hechos 1, 1-11). ¡Todavía están soñando en un Mesías Rey, dominador político! Pero Jesús tiene otros planes: «El Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén» (Evangelio: Lucas 24, 46-53). No se trata de dominar, no se trata de poderes terrenos. Se trata de cambiar el corazón.

      El Crucificado cambia todos los criteros. Pablo lo entendió bien: «Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama» (2ª lectura: Efesios 1, 17-23). Nuestra esperanza no es de poder sino de cambiar el corazón. Y en esa conversión es donde resplandecerá la gloria de Dios.