domingo, 19 de julio de 2015

DOMINGO 16º del Tiempo Ordinario


      Jesús busca un rincón discreto para estar a solas con los discípulos. Pero no lo dejan. Bellísima escena, relato conmovedor.
      A Jesús no lo dejan ni  comer, ni tomarse un respiro: así de intensa es la esperanza que suscita. Es que siembra la paz, la reconciliación, la cercanía de Dios (Evangelio: Marcos 6, 30-34). Y es que el pueblo estaba mal cuidado, mal alimentado, como ovejas sin pastor, como los antiguos «pastores» fustigados por Jeremías (1ª lectura: Jeremías 23, 1-6).
      Como contrapeso del abandono de su pueblo, Dios mismo lo va a pastorear. Es preciosa la promesa del Señor: «Ya no temerán ni se espantarán y ninguna se perderá».
      Eso mismo es lo que celebra Pablo (2ª lectura: Efesios 2, 13-18), la reconciliación de los dos pueblos, judíos y gentiles, por la paz que trae Jesús, porque la gran noticia es que todos, absolutamente todos, son hijos del mismo Padre.
      Es el maravilloso efecto de los buenos pastores, los que anuncian y transmiten a Jesús: que suscitan paz y esperanza, que ponen más luz y fuerza en nuestra fe.