domingo, 14 de septiembre de 2014

DOMINGO. Fiesta de la EXALTACIÓN de la SANTA CRUZ

      La devoción a la cruz puede ser algo terrible y contradictorio con nuestra fe. Me estremece ver crucifijos por todas partes: en la cabecera de las camas, el comedor, el salón; crucifijos de marfil y oro llevados en el pecho de damas desvergonzadas y crucificadoras o de cantantes ajenos a Jesús; crucifijos de oro y joyas en clérigos y reyes. Me parece un sarcasmo y me plantea ferozmente algunas preguntas: ¿Seguimos a Jesús o nos reímos de él? ¿Creemos en el crucificado o crucificamos en su nombre? No sé si tengo razón, cada uno verá.

      La teología de la cruz ha sufrido muchos desmanes y malentendidos. La comparación con la serpiente del desierto (1ª lectura: Números 21, 4b-9) es desgraciada, no tiene que ver con Jesús más que la expresión «ser levantado». La interpretación de Pablo (2ª lectura: Filipenses 2, 6-11) tiene un grave peligro de docetismo (Jesús «parece hombre» pero es solo un disfraz, peligrosa). Nos quedamos con la frase del Evangelio (Juan 3, 13-17): «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único». A Jesús no lo mató la voluntad del Padre, sino los pecados de todos y su entrega incondicional a su misión.