lunes, 6 de enero de 2014

Solemnidad de la EPIFANÍA del Señor

 
      La oscuridad cubre los pueblos (1ª lectura: Isaías 60, 1-6). A ratos nos parece que todo es horrible: miseria, hambre, muerte. ¿Será verdad que la gloria del Señor está amaneciendo? ¿Qué buscaban los magos de Oriente? ¿Un salvador? ¿De qué les tenía que salvar? (Evangelio: Mateo 2, 1-12). Los magos buscan, nosotros buscamos: ¿hay una estrella en el cielo que nos devuelva la esperanza? Recordemos las palabras de Juan XXIII al comienzo del Concilio: «Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente. En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres, pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquella lo dispone para mayor bien de la Iglesia». Y no solo para la Iglesia, porque «los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio» (2ª lectura: Efesios 3, 2-3. 5-6). ¿Cómo nos atreveremos a ser luz para los demás? ¿No es una pedantería? No lo es, se trata de presentarles a Jesús para que sea Él la Luz de los pueblos.
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Dios ha venido a nosotros, pero ¿por qué?

Porque Dios Padre ha enviado a su Hijo Jesús, el Mesías, el Señor, la Luz del mundo de la que debemos ser los cristianos luminarias, luminarias de esa fe en Dios; seguidores y peregrinos de la estrella como los Magos; debemos dejarnos guiar por María, la Estrella con mayúscula, la mediadora junto a Jesús, entre Dios Padre y nosotros; debemos dejarnos amar por Dios ya que nos ha concedido la gracia de ser llamados Hijos suyos; Dios nos tiene tanto amor que se ha hecho uno de nosotros, está, por tanto, cerca de nosotros y se ha correspondido ese amor de los humanos a través de la humanidad divina de su Hijo, Jesucristo, que se sacrifica y corresponde a Dios Padre el amor de sus pobres hijos pecadores para alabanza de la gloria de su gracia. Es Jesús el que se revela hoy, en este día de la Epifanía se manifiesta ante todas las naciones y nos revela el rostro del Padre, a quien nadie ha visto jamás, y el Hijo único que está en el seno del Padre es quien lo ha dado a conocer. El Verbo, la Palabra se ha hecho carne y ha acampado entre nosotros; es Sabiduría pura y eterna, esa sabiduría la alcanzaremos viviendo al estilo de Jesús, confiando plenamente en Jesús y siendo solidarios con el prójimo, así pues, la Sabiduría habita en medio del Pueblo de Dios; la Palabra es Luz, es Vida, Verdad, Gracia, Salvación y Camino que recorrer guiados por la Estrella; caminemos sintiéndonos guiados por esa luminaria sin igual que nos llevará a la suma y excelsa Luz del mundo, Luz y Alegría de la fe; que contemplemos tan gran belleza y resplandor del amor, adoremos a Jesús que está en los brazos de la Virgen María, y que nos ilumine el Sol del nuevo día, la Luz del nuevo amanecer a la que ya han adorado los Magos tras seguir el resplandor de la estrella. Gracias Señor por tanto bien como haces, por tanta gracia que recibimos de ti al recibirte y acogerte en tu plenitud; que como luminarias te presentemos ante los demás como Luz de los pueblos, que no perdamos la ilusión de construir un mundo mejor, más digno de ti; seamos alegres, gozosos y dignos testigos de la Luz, como Juan, al sentirnos dichosos hijos de Dios. Amén.

«Por eso yo, que he oído hablar de vuestra fe en el Señor Jesús y de vuestro amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mi oración, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos». Carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 15-18.

Jesús Cuevas Salguero